No sos tu etiqueta
Vivimos en una época obsesionada con clasificar.
Te preguntan qué votás antes que qué pensás.
Te encasillan por tu religión antes de escuchar tu carácter.
Te reducen a tu orientación, tu ideología, tu color de piel, tu identidad sexual, tu postura política.
Y después dicen que eso es “identidad”.
No.
Eso es simplificación.
La identidad no es un casillero. No es un hashtag. No es una bandera que agitás para que el mundo sepa dónde ponerte. La identidad es algo mucho más incómodo que eso: es la suma de tus decisiones, tu carácter, tu ética, tu coherencia cuando nadie te ve.
Reducirte a una etiqueta es una forma elegante de evitar pensar.
El problema de las etiquetas
Las etiquetas son útiles para ordenar productos en una góndola.
No para entender personas.
Cuando alguien dice:
“Soy X” (poné la categoría que quieras), muchas veces no está describiendo quién es, sino el grupo al que pertenece. Y pertenecer no es lo mismo que ser.
La ideología puede cambiar.
La religión puede cambiar.
La orientación política puede cambiar.
Incluso la forma en que te autopercibís puede transformarse con el tiempo.
¿Entonces tu identidad cambia cada vez que cambia tu marco ideológico?
Si tu identidad depende exclusivamente de una etiqueta, entonces sos frágil.
Porque cuando la etiqueta se mueve, te quedás sin piso.
El respeto no es opcional
El respeto no se negocia según coincidencias.
No respeto solo a quien piensa como yo.
No respeto solo a quien comparte mi moral.
No respeto solo a quien valida mi narrativa.
El respeto es una virtud. Y como toda virtud, no depende del otro, depende de vos.
Respetar al individuo implica reconocer que es más que una categoría.
Que su dignidad no se mide por si encaja en tu esquema mental.
Que no es un representante de una tribu. Es una persona.
Y acá viene lo incómodo:
Si solo podés respetar a quienes están en tu mismo “bando”, no sos moralmente superior. Sos sectario.
Somos más que una etiqueta
Una etiqueta es un dato.
No es una definición completa.
Decir que alguien es solo su religión es tan absurdo como decir que alguien es solo su profesión.
Decir que alguien es solo su orientación es tan superficial como decir que alguien es solo su color de ojos.
El ser humano es contradictorio, complejo, cambiante, racional, emocional.
Puede ser brillante en un área y mediocre en otra.
Puede tener convicciones firmes y dudas profundas al mismo tiempo.
Reducir a alguien a una sola dimensión es una forma de violencia intelectual.
Es cómodo.
Pero es pobre.
Personas de bien o gente mediocre
Hay algo que incomoda admitir:
Tu ideología no te convierte automáticamente en buena persona.
Podés tener el discurso más progresista o más conservador del planeta y aun así ser egoísta, deshonesto, manipulador o cruel.
La virtud no es hereditaria por pertenencia a un grupo.
Ser una persona de bien no depende de lo que declarás en redes sociales.
Depende de cómo tratás a los demás cuando no ganás nada a cambio.
Depende de tu coherencia.
Depende de tu responsabilidad.
Podés defender grandes causas y ser miserable en lo cotidiano.
Y eso es mediocridad moral.
¿Sos la solución o parte del problema?
Esta pregunta incomoda porque elimina el refugio de la etiqueta.
No importa qué bandera levantes.
No importa qué identidad proclames.
No importa a qué colectivo pertenezcas.
La pregunta es directa:
¿Tu conducta mejora el entorno o lo intoxica?
¿Tu discurso construye o divide?
¿Argumentás o atacás?
¿Pensás o repetís?
Ser parte del problema no es estar en desacuerdo con otros.
Es negarte a ver al otro como individuo.
Es reducirlo a una caricatura.
Es deshumanizarlo porque no encaja en tu esquema.
La solución empieza cuando entendés que el respeto no implica aprobación.
Implica reconocer humanidad.
La identidad real
Tu identidad no es lo que gritás.
Es lo que sostenés en silencio.
No es la etiqueta que elegís.
Es el carácter que construís.
No es el grupo al que pertenecés.
Es la calidad de tus decisiones.
Podés cambiar de ideología.
Podés cuestionar tu religión.
Podés redefinir tu narrativa.
Pero si no trabajás tu ética, tu respeto, tu responsabilidad, solo vas a cambiar de etiqueta. No de fondo.
Dejá de esconderte detrás de categorías.
Dejá de usar la identidad como escudo moral automático.
Dejá de reducir al otro para sentirte superior.
Somos personas completas. Complejas. Contradictorias. Capaces de bien y de mediocridad.
La etiqueta puede explicar una parte de vos.
Pero jamás va a definir tu valor.
La pregunta sigue abierta, y no se responde con un slogan:
¿Sos la solución… o parte del problema?

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