Es curioso lo que la gente considera normal… y lo que decide despreciar.
Hay algo profundamente absurdo en ciertas costumbres sociales que casi nadie cuestiona.
Cuando alguien siente un dolor fuerte en el pecho, en el estómago o en la espalda, no duda demasiado: va al médico. Nadie lo mira raro. Nadie lo trata como si fuera un problema moral. Nadie dice que es débil por buscar ayuda.
Pero hay otro tipo de sufrimiento que, curiosamente, todavía provoca burlas, incomodidad o silencio.
Y ahí aparece una de las contradicciones más ridículas del comportamiento humano.
La mente humana es el lugar donde ocurren nuestras decisiones, emociones, miedos, recuerdos, conflictos y pensamientos. Literalmente es el centro de la experiencia humana. Sin embargo, cuando se trata de cuidar ese espacio, de comprenderlo o de pedir ayuda profesional, de repente aparecen prejuicios dignos de otra época.
Personas que jamás cuestionarían la necesidad de un cardiólogo o un traumatólogo se sienten con derecho a despreciar o ridiculizar la idea de hablar con profesionales que trabajan con la mente.
No es valentía.
No es fortaleza.
No es madurez.
Es ignorancia.
Porque despreciar el cuidado de la mente mientras se acepta sin problema el cuidado del cuerpo no es una postura inteligente. Es simplemente una incoherencia cultural que se repite tanto que algunos ya ni la notan.
Y lo curioso es que muchas de las personas que más se burlan de estos temas suelen ser también las que más normalizan vivir con estrés constante, ansiedad permanente o conflictos emocionales que nunca se atreven a enfrentar.
Es un orgullo extraño: defender el derecho a no comprender lo que nos pasa por dentro.
Y si eso incomoda a alguien, probablemente sea porque es más fácil repetir prejuicios sociales que detenerse a pensar si realmente tienen algún sentido.

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